Las redes sociales se han convertido en ecosistemas donde predominan la polarización, el sensacionalismo y la desigualdad de atención. Un nuevo estudio de la Universidad de Ámsterdam demuestra que estos efectos no se deben solo a los algoritmos, sino que surgen del diseño estructural de las propias redes. Incluso con medidas correctivas, las dinámicas tóxicas persisten o se trasladan. El verdadero reto podría estar en repensar el modelo completo.